La capacidad de desarrollar una confianza y un respeto
saludables por uno mismo es propia de la naturaleza de los seres humanos, ya
que el solo hecho de poder pensar constituye la base de su suficiencia, y el
único hecho de estar vivos es la base de su derecho a esforzarse por conseguir
felicidad. Así pues, el estado natural del ser humano debería corresponder a
una autoestima alta. Sin embargo, la realidad es que existen muchas personas
que, lo reconozcan o no, lo admitan o no, tienen un nivel de autoestima inferior
al teóricamente natural.
Ello se debe a que, a lo largo del desarrollo, y a lo largo
de la vida en sí, las personas tienden a apartarse de la auto conceptualización
[y conceptualización] positivas, o bien a no acercarse nunca a ellas; los
motivos por los que esto ocurre son diversos, y pueden encontrarse en la
influencia negativa de otras personas, en un autocastigo por haber faltado a
los valores propios [o a los valores de su grupo social], o en un déficit de
comprensión o de compasión por las acciones que uno realiza [y, por extensión,
de las acciones que realizan los demás].
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